China y la paradoja mediombiental; Bernardo Velázquez, CEO de Acerinox

Columna publicada en la sección de Opinión del diario Expansión el 6 de junio de 2016

El acuerdo que la comunidad internacional aprobó en París en diciembre de 2015 contra el calentamiento climático puede resultar crucial para las generaciones futuras. Pero, por desgracia, el acuerdo, todavía pendiente de ratificación, no incluyó compromisos claros de limitar las emisiones de CO2.

Desde que en 1992 se aprobó en Río la Convención de las Naciones Unidas  para luchar contra el cambio climático, la Unión Europea ha sido su gran abanderada. Y tras el Tratado de Kioto, en la esperanza de que Estados Unidos y otros grandes países siguieran nuestro ejemplo, los europeos hemos puesto límites a las emisiones de nuestras empresas europeas. Ese enfoque idealista y unilateral ha favorecido la eficiencia energética y la limpieza de la industria europea, y ha contribuido a la reducción de nuestras emisiones. Así, por ejemplo, la planta de Acerinox en Algeciras emite 273 kilos de CO2 por tonelada de acero inoxidable producida cuando la media mundial es de 440 kilos.

Pero esas limitaciones medioambientales también entrañan que las empresas industriales europeas –especialmente las que consumimos mucha energía, como la industria del acero- tengamos que soportar unos costes medioambientales que no pesan sobre los productores de otras partes del mundo. Eso nos pone en desventaja.

Un caso especialmente relevante es China. No sabemos a ciencia cierta cuál es su actual nivel de emisiones, pues su último inventario de emisiones se remonta a 2005 (en Europa tenemos  ya las cifras de 2014 y muy pronto estarán disponibles las de 2015).  Pero hay  pocas dudas de que China es ya el mayor emisor de CO2 del mundo. Pues bien, en las dos últimas décadas, sin las restricciones medioambientales aplicables en otras partes del mundo, espoleada por el crecimiento de su demanda interna, la capacidad de producción china de acero creció muy rápidamente: en acero inoxidable, si hace 15 años China apenas fabricaba el 3% de la producción mundial, ahora produce más del 50% mundial; y otro tanto ocurre con en el sector del acero en general (produce ya más de 50 toneladas por habitante).

Desde que su economía ha empezado a enfriarse, China ha sido incapaz de absorber su propia producción, lo que ha puesto de manifiesto su enorme sobrecapacidad productiva (en el caso del acero, unos 200 millones de toneladas anuales). Como resultado, ha empezado a inundar el planeta con su acero, a unos precios inexplicables por sus costes de producción.

¿Cuál es el problema?

Lamentablemente, la inmensa mayoría de consumidores y compradores de acero, incluyendo los industriales y las administraciones de muchos países, compran en función exclusivamente del precio y no toman en cuenta otro aspecto de gran influencia sobre el medioambiente: cuánto  CO2  ha emitido la empresa que ha fabricado el producto.

La paradoja medioambiental surge cuando los compradores deciden sustituir acero europeo por acero chino importado, más barato. No solo es que su fabricación en China haya arrojado a la atmósfera mundial mucho más C02 que si se hubiera fabricado en Europa, sino que a esas emisiones en origen hay que añadirle las emisiones realizadas durante el transporte en barco hasta Europa, que representan del orden de un 20% más.

De ahí la paradoja: la superproducción china, su efecto sobre los precios, y su desplazamiento de producción fabricada en países con industrias más limpias, además de generar otras consecuencias adversas en la Unión Europea –como pérdidas de empleo industrial o menor recaudación de impuestos- aumenta en términos netos las emisiones mundiales de CO2 en el planeta.  Así pues, las elogiables normas europeas de lucha contra el cambio climático, al no aplicarse de forma homogénea a todos los fabricantes que compiten en un mercado global, pueden, paradójicamente, ¡estar incrementando las emisiones totales de CO2 en el planeta!

La solución pasaría por considerar aspectos ambientales o de sostenibilidad en las compras públicas y privadas, aceptando que la fabricación responsable implica costes ambientales y sociales. También exigiría un ajuste de la producción china, ya que cerrando las plantas más ineficientes se eliminaría el desajuste mundial y el dumping medio ambiental.

Además, es llamativo que la Unión Europea esté debatiendo la concesión del tratamiento de economía de mercado a China, un país donde no se pueden realizar inversiones extranjeras sin socio mayoritario chino, con férreo control sobre su moneda, eliminación de impuestos a los productores cuando exportan y subvenciones directas o encubiertas de todo tipo. La economía china está controlada por el Estado,  que no deja que funcionen las fuerzas del mercado.

La Unión Europea ha impuesto determinadas medidas anti-dumping contra las importaciones procedentes de China, la verdadera solución a este problema requeriría que las empresas chinas funcionen de acuerdo con las normas del mercado y que las autoridades de ese país gestionen adecuadamente el problema de la sobrecapacidad que, lamentablemente, no solo afecta a la siderurgia.

Europa debe apoyar a su industria por la calidad del empleo que genera y porque es la más respetuosa con el medio ambiente. No pedimos protección, sino las mismas normas de juego para todos los que competimos en un mercado global. En igualdad de condiciones se verá claramente que la industria y la siderurgia europeas son sostenibles y muy competitivas.

El Acuerdo de París puede resultar crucial para las generaciones futuras, pero tiene de momento los pies de barro. Confiemos en que haya tiempo para ponerle unas buenas prótesis de acero inoxidable.

Bernardo Velázquez, Consejero Delegado de ACERINOX, S.A.

Diario Expansión, edición impresa del 06-06-2016